En Django: con la soga al cuello, una puerta no se abre simplemente porque un actor la empuje, ni los pasos de un personaje existen porque estén grabados previamente: todo nace en ese instante, detrás de un escritorio lleno de objetos, mientras la historia ocurre frente al público.
“Yo lo que hago en Django son efectos de sala o de sonido, lo que se le dice en el cine en Estados Unidos, foley”, contó María Kemp en entrevista con este medio, aunque dijo que ese trabajo va más allá de solo hacer los ruidos “porque contribuyen a crear el mundo de la obra”, detalló.
La diferencia está en que nada queda resuelto con una grabación que se activa al momento indicado, pues Kemp debe acompañar a los actores durante cada función y responder a lo que sucede en escena, por lo que su trabajo comparte con la actuación el carácter irrepetible del teatro.
“Lo bonito o el detalle o lo artesanal está justo en que termina siendo una experiencia teatral, pero también cinematográfica”, señaló.
La puesta en escena, escrita y dirigida por Antonio Vega, es una experiencia compleja que utiliza teatro de objetos, títeres, escenografías en miniatura, música en vivo, cámaras de teléfonos celulares y edición de video en tiempo real para construir frente al público una película artesanal. En ese dispositivo, el foley no es una pieza más de una maquinaria que necesita funcionar con precisión.
Kemp describIó su labor como la de estar “como un ninja”, siempre pendiente de cualquier movimiento que pueda requerir una respuesta sonora. Durante los ensayos, explicó, necesita que “la obra corra para poder correr con ella y ajustar sus propios tiempos a los de los intérpretes”.
Del western a la salud mental
El nombre Django remite inevitablemente al western y las distintas versiones cinematográficas, pero Django: con la soga al cuello utiliza ese imaginario para hablar de un conflicto mucho más íntimo: la depresión.
La obra presenta a un escritor que intenta crear una historia feliz mientras su protagonista, Django, está decidido a suicidarse. Sus pensamientos intrusivos aparecen representados, entre otros elementos, por un buitre que ronda su cabeza, hasta que la aparición de Trippi, un perro, altera el rumbo de la historia.
Para Kemp, esa combinación entre humor, ternura y western “permite acercarse a la salud mental sin convertirla en un relato exclusivamente dramático y que también hace identificarnos porque ¿quién no ha tenido ese buitre en la cabeza rondando cuando se está por hacer un proyecto importante”.
Y en ese mismo sentido, se encuentra la salvación en algo: “Lo lindo de la obra es que encuentra una motivación cuando encuentra a Trippi”. Hace que una pueda empatizar también de una forma distinta, como justo desde la ternura”, finalizó Kemp.


