Sí tienen ya mucho que ver las fuerzas de los poderes formales y fácticos en la lucha adelantada por la presidencia de la república cuya elección será el próximo año, hagan lo que hagan, legal o ilegalmente, los aspirantes. En el súper desorganizado e incoherente frente opositor, que está siendo providencial, momentánea o permanentemente —a saber— salvado por la irrupción de la muy atractiva candidata Xóchitl Gálvez Ruiz, que lo mismo cae bien al pueblo —de una manera que pudiera calificarse de fenomenal, como le pasó y todavía sucede al popular presidente de la república Andrés Manuel López Obrador, desde su campaña a la jefatura de gobierno del entonces Distrito Federal, impulsada por el hoy menospreciado Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano y el vilipendiado y denostado hasta su reciente fallecimiento, Porfirio Muñoz Ledo— como a las elites proestadounidenses, empresariales y capitalistas que han jalado a una izquierda famélica y huérfana (PRD) y a una socialdemocracia o centroizquierda solo nominal, pero derechizada hasta la traición a la Revolución que lleva en su nombre (PRI), ya no tiene otra que echar toda la carne al asador para la brillante política hidalguense que no obvia sus raíces indígenas otomíes en una de las zonas más pobres del país: el valle del Mezquital.

La sorprendentemente casi intocada popularidad del presidente López, increíble tras el natural desgaste de casi cuatro años al frente del Poder Ejecutivo, no parecía tener rival. Democrático o no —nosotros creemos que sí lo será, o lo hubiera sido, en la medida en que el poder, inevitablemente, pervierte los procesos electivos, aun sin intención del jefe, pero ciertamente no veíamos la “mano negra” de la ilegalidad “institucional” amenazando la primaria oficialista— durante estos meses y hasta años pareció que el proceso interno del Morena era simple y llanamente equiparable a la elección presidencial, pues la constitucional, con los desnutridos “querendones” a la vista, tenía los visos de ser exclusivamente un torneo para el solaz de los nobles medievales mexican way, donde nada habría que decidir, salvo quién se encargaría de acribillar al rival, portador de una lanza en astillero de partidos desgajados, sobre un rocín más flaco que una alianza entre los que alguna vez fueran los Gargantúas y los Pantagrueles de nuestro atávico pasado antidemocrático y, por lo menos durante un cuarto de siglo, neoliberal.

No hay nada peor que un aspiracionista fracasado, ni nada mejor que un exitoso. Gálvez cruzó el pantano de la política y —¡válgame Dios!— militando en un partido católico y derechista, sin manchar su plumaje en el pantano, en la feria de las vanidades de las élites más monstruosas —en el sentido de que agrupan a explotadores, racistas y hasta facciosos—sin manchar su plumaje de patito juguetón de Chapultepec o del Bosque de Aragón: sobrevivió al elitismo más rancio de los apellidos dobles o no castizos sin manchar su plumaje de mexicana de clase media lindando con la baja y la media alta, e incluso a la empresarial exitosa, sin perder su imagen, su habla populachera y sus convicciones democráticas.

Era casi seguro, tanto dentro como fuera de las esferas del poder lopezobradorista vigente, suponer que sería Claudia Sheinbaum Pardo —por cierto, infravalorada por sus propios correligionarios como la cachorra de López, a despecho de su currículo brillante, tanto académico como laboral, la ungida, fuere o no democrático el proceso de entrega de bártulos, pero ahora esa formalidad, que todavía peleaban algunas “corcholatas” —sustantivo obradorista que no deja de causarnos erisipela— se está convirtiendo en una necesidad de dedazo o de elección democrática con la pistola en la sien: la Cuarta Transformación podía optar por una candidata —mujer, pues—, amiga del presidente, y era lo más probable, pero ahora es un requisito a fortiori.

López solo tiene una mujer para competirle a otra, en un país que —incluso a instancias suyas, como factor para consolidar a la jefa de gobierno de la Ciudad de México como postulante de su coalición, creemos que con bastantes argumentos—, ya demanda como prerrequisito que sea de ese género la siguiente jefa del Poder Ejecutivo federal.

La oposición no tenía nada, pero ahora tiene a Xóchitl; el partido presidencial tendrá que echar mano de sus mejores arquitectos políticos —no Pablo Gómez Álvarez, por favor, pues sin saber cuándo exactamente le atacó la apoplejía o el mal de Alzheimer que le despojó de sus dotes de brillante líder de la izquierda para convertirlo en el pelele argumentativo y estratega de Chespirito que ahora es, y lo único que hace es perjudicar a su “compa” López— para armar una narrativa de para Claudia que supere a la ya connatural de Xóchitl, pues si bien ambas rebosan de capacidades, la segunda deja a la primera en una calle cerrada con caseta y guardias privados en Jardines del Pedregal si de identificación popular de trata, sobre todo con las clases medias despreciadas e incluso vilipendiadas por López Obrador luego de llegar a la presidencia merced a su voto: el presidente repudia a los “aspiracionistas” y Xóchitl es precisamente eso: una mujer dada a la superación por la que la decisiva clase media y muy probablemente la baja —hasta el nombre, flor en náhuatl, le ayudará— siente que se ha construido el México contemporáneo.

Difícil opositora le brincó al sexto presidente más popular del mundo.

GRILLOGRAMA

El mono-temático…

Ya sin sonrisita el hombre

En su misa mañanera

Repite, y se desespera

De doña Xóchitl, el nombre

columnacafenegro@gmail.com

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